María vio el colegio y le pareció pequeño. "Tenemos hasta 9no. año", le aseguraron mientras esperaba a ser entrevistada. Pero cuando salió afuera, se dio cuenta de que poseía un extenso parque e, incluso, canchas de tenis y de algún otro deporte desconocido para ella. "¿Por qué seguirán diciendo 9no. año? ¡eso ya no se usa más!", pensó, y los minutos seguían corriendo. Seguidamente le presentaron distintos formularios para rellenar y hasta un cuestionario con preguntas de todo tipo, desde cómo concebía la práctica docente hasta cosas personales. Esto no le sorprendió, ya había tenido otras entrevistas en colegios coquetos y sabía bien de la desconfianza que les generaba cualquier persona que no tuviera algún tipo de parentesco o amistad con los empleados de la institución. Era una lástima que los familiares y amigos de esas personas no se hubieran decidido a ser docentes, pero así era y, en ocasiones, había que recurrir a contratar a extraños, gente que bien podía ser un Osama Bin Laden oculto o un troll.
María ya se empezaba a sentir un poco molesta. Sabía que debía ser paciente y esperar, pero ya llevaba más de media hora y todos parecían muy ajetreados con cosas más importantes como para siquiera recordar que ella estaba allí presente, esperando. Al cabo de una hora comenzaron las entrevistas. Sí, en plural, porque no sería sólo una. María no sabía la cantidad exacta de personas que la entrevistaría, pero notó que comenzaban desde la de menor jerarquía hacia arriba. Primero, con una mujer que bien podría ser preceptora o secretaria. Le informó que el trabajo era para dar tres horas de Lengua en secundaria.
Luego, más espera hasta la siguiente. Esta vez no fue una entrevista en sí, sino un paseo por las instalaciones del colegio. Pasaron por delante de algunas aulas. Estaban en clase y parecía haber más de treinta alumnos seguro. María calculó unos cincuenta, aunque no los contó.
Después, a volver a secretaría para seguir esperando. Una especie de directora leería sus respuestas y juzgaría si eran pertinentes como para continuar con las demás entrevistas.
Era de tarde ahora, ya bajaba el sol. Se ve que los chicos hacían jornada completa, pues aún seguían allí. En un recreo, algunos se le acercaron y María tuvo el gusto de poder conversar un poco. "¿Sos nueva? ¿vas a quedarte acá?", eran algunas de sus preguntas. En seguida apareció un hombre que ostentaba autoridad: era el director principal de todo el establecimiento. Casi ni se presentó. Parecia muy apurado por distintas obligaciones que debía llevar a cabo y, tal vez por eso, ni siquiera se detuvo para hablar con María sino que lo hacía mientras corría de un lado a otro. María intentaba seguirle el paso y escuchar lo que le iba diciendo acerca del modo de trabajar que tenían allí. El día estaba resultando agotador para ella y ya el cielo se oscurecía. Sólo quería saber si la habían tomado o si debía esperar, pero en su casa, a que la llamaran. El director, un hombre joven, pero con el ceño fruncido, siempre pensando y hablando de prisa, se dirigió hacia la secretaría, base importante de todas las operaciones de aquel lugar. María miró su reloj: ¡ya eran las 20!
Se disculpó rápidamente alegando que ya no disponía de más tiempo para permanecer allí y que ya tenían todos sus datos si querían comunicarse con ella. "Ya estuve un día entero, desde las 10 de la mañana, para ellos. ¡Y ni siquiera me dieron algo de comer!", se lamentó.
Ahora se reprochaba el haber aguantado tanto tiempo: todos los caminos, de tierra y solitarios, estaban muy oscuros y esto podía ser peligroso para ella. La mayoría llegaba allí en auto, no era un lugar para ir en transporte público. Finalmente pudo localizar la parada y se subió al colectivo... ¡era un bus turístico! María lloró. ¡Ese día parecía no tener fin! y ni siquiera sabía si la habían contratado. ¡Y todo eso por sólo tres horas cátedra!
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