hoy me siento así...
Escenas de la memoria
jueves, 31 de julio de 2014
lunes, 28 de julio de 2014
María vio el colegio y le pareció pequeño. "Tenemos hasta 9no. año", le aseguraron mientras esperaba a ser entrevistada. Pero cuando salió afuera, se dio cuenta de que poseía un extenso parque e, incluso, canchas de tenis y de algún otro deporte desconocido para ella. "¿Por qué seguirán diciendo 9no. año? ¡eso ya no se usa más!", pensó, y los minutos seguían corriendo. Seguidamente le presentaron distintos formularios para rellenar y hasta un cuestionario con preguntas de todo tipo, desde cómo concebía la práctica docente hasta cosas personales. Esto no le sorprendió, ya había tenido otras entrevistas en colegios coquetos y sabía bien de la desconfianza que les generaba cualquier persona que no tuviera algún tipo de parentesco o amistad con los empleados de la institución. Era una lástima que los familiares y amigos de esas personas no se hubieran decidido a ser docentes, pero así era y, en ocasiones, había que recurrir a contratar a extraños, gente que bien podía ser un Osama Bin Laden oculto o un troll.
María ya se empezaba a sentir un poco molesta. Sabía que debía ser paciente y esperar, pero ya llevaba más de media hora y todos parecían muy ajetreados con cosas más importantes como para siquiera recordar que ella estaba allí presente, esperando. Al cabo de una hora comenzaron las entrevistas. Sí, en plural, porque no sería sólo una. María no sabía la cantidad exacta de personas que la entrevistaría, pero notó que comenzaban desde la de menor jerarquía hacia arriba. Primero, con una mujer que bien podría ser preceptora o secretaria. Le informó que el trabajo era para dar tres horas de Lengua en secundaria.
Luego, más espera hasta la siguiente. Esta vez no fue una entrevista en sí, sino un paseo por las instalaciones del colegio. Pasaron por delante de algunas aulas. Estaban en clase y parecía haber más de treinta alumnos seguro. María calculó unos cincuenta, aunque no los contó.
Después, a volver a secretaría para seguir esperando. Una especie de directora leería sus respuestas y juzgaría si eran pertinentes como para continuar con las demás entrevistas.
Era de tarde ahora, ya bajaba el sol. Se ve que los chicos hacían jornada completa, pues aún seguían allí. En un recreo, algunos se le acercaron y María tuvo el gusto de poder conversar un poco. "¿Sos nueva? ¿vas a quedarte acá?", eran algunas de sus preguntas. En seguida apareció un hombre que ostentaba autoridad: era el director principal de todo el establecimiento. Casi ni se presentó. Parecia muy apurado por distintas obligaciones que debía llevar a cabo y, tal vez por eso, ni siquiera se detuvo para hablar con María sino que lo hacía mientras corría de un lado a otro. María intentaba seguirle el paso y escuchar lo que le iba diciendo acerca del modo de trabajar que tenían allí. El día estaba resultando agotador para ella y ya el cielo se oscurecía. Sólo quería saber si la habían tomado o si debía esperar, pero en su casa, a que la llamaran. El director, un hombre joven, pero con el ceño fruncido, siempre pensando y hablando de prisa, se dirigió hacia la secretaría, base importante de todas las operaciones de aquel lugar. María miró su reloj: ¡ya eran las 20!
Se disculpó rápidamente alegando que ya no disponía de más tiempo para permanecer allí y que ya tenían todos sus datos si querían comunicarse con ella. "Ya estuve un día entero, desde las 10 de la mañana, para ellos. ¡Y ni siquiera me dieron algo de comer!", se lamentó.
Ahora se reprochaba el haber aguantado tanto tiempo: todos los caminos, de tierra y solitarios, estaban muy oscuros y esto podía ser peligroso para ella. La mayoría llegaba allí en auto, no era un lugar para ir en transporte público. Finalmente pudo localizar la parada y se subió al colectivo... ¡era un bus turístico! María lloró. ¡Ese día parecía no tener fin! y ni siquiera sabía si la habían contratado. ¡Y todo eso por sólo tres horas cátedra!
María ya se empezaba a sentir un poco molesta. Sabía que debía ser paciente y esperar, pero ya llevaba más de media hora y todos parecían muy ajetreados con cosas más importantes como para siquiera recordar que ella estaba allí presente, esperando. Al cabo de una hora comenzaron las entrevistas. Sí, en plural, porque no sería sólo una. María no sabía la cantidad exacta de personas que la entrevistaría, pero notó que comenzaban desde la de menor jerarquía hacia arriba. Primero, con una mujer que bien podría ser preceptora o secretaria. Le informó que el trabajo era para dar tres horas de Lengua en secundaria.
Luego, más espera hasta la siguiente. Esta vez no fue una entrevista en sí, sino un paseo por las instalaciones del colegio. Pasaron por delante de algunas aulas. Estaban en clase y parecía haber más de treinta alumnos seguro. María calculó unos cincuenta, aunque no los contó.
Después, a volver a secretaría para seguir esperando. Una especie de directora leería sus respuestas y juzgaría si eran pertinentes como para continuar con las demás entrevistas.
Era de tarde ahora, ya bajaba el sol. Se ve que los chicos hacían jornada completa, pues aún seguían allí. En un recreo, algunos se le acercaron y María tuvo el gusto de poder conversar un poco. "¿Sos nueva? ¿vas a quedarte acá?", eran algunas de sus preguntas. En seguida apareció un hombre que ostentaba autoridad: era el director principal de todo el establecimiento. Casi ni se presentó. Parecia muy apurado por distintas obligaciones que debía llevar a cabo y, tal vez por eso, ni siquiera se detuvo para hablar con María sino que lo hacía mientras corría de un lado a otro. María intentaba seguirle el paso y escuchar lo que le iba diciendo acerca del modo de trabajar que tenían allí. El día estaba resultando agotador para ella y ya el cielo se oscurecía. Sólo quería saber si la habían tomado o si debía esperar, pero en su casa, a que la llamaran. El director, un hombre joven, pero con el ceño fruncido, siempre pensando y hablando de prisa, se dirigió hacia la secretaría, base importante de todas las operaciones de aquel lugar. María miró su reloj: ¡ya eran las 20!
Se disculpó rápidamente alegando que ya no disponía de más tiempo para permanecer allí y que ya tenían todos sus datos si querían comunicarse con ella. "Ya estuve un día entero, desde las 10 de la mañana, para ellos. ¡Y ni siquiera me dieron algo de comer!", se lamentó.
Ahora se reprochaba el haber aguantado tanto tiempo: todos los caminos, de tierra y solitarios, estaban muy oscuros y esto podía ser peligroso para ella. La mayoría llegaba allí en auto, no era un lugar para ir en transporte público. Finalmente pudo localizar la parada y se subió al colectivo... ¡era un bus turístico! María lloró. ¡Ese día parecía no tener fin! y ni siquiera sabía si la habían contratado. ¡Y todo eso por sólo tres horas cátedra!
domingo, 27 de julio de 2014
Hoy
es domingo y me puse a pensar en tardes de domingo pasadas en
Barcelona. Había conocido algunas personas fuera del trabajo y todas
vivían allí: Laia, española; Karina, argentina, y un chico uruguayo,
Santiago, cuya novia vivía en Italia. Solíamos juntarnos
las tardes de domingo, que era cuando podíamos todos. Laia sentía
siempre la necesidad de tomar algo en un café; para mí pasar el tiempo
en uno solo era suficiente, pero ella prefería ir a varios. Como buen
uruguayo, Santiago andaba siempre con el termo encima y no le importaba
tomar mate en cualquiera de los bares que íbamos a instancias de Laia.
Tampoco ningún mozo le decía nada. Y lo peor era que Karina aportaba las
galletitas y Laia era la única que consumía. Eso acá no lo hubieran
permitido.
Una tarde de esas quise conocer el laberinto de Horta, barrio en el que Laia vivía. Fue muy divertido. Corrimos, sacamos fotos, tomamos mate (Laia a esta altura ya hablaba de "vos" con nosotros), charlamos. De nuevo quise averiguar por qué la novia de Santiago vivía tan lejos de él y si tenían proyectado reunirse en alguno de los dos países. Él siempre esquivaba la cuestión. Era algo tan natural para ellos vivir de esa manera que parecía no requerir ninguna explicación y la conversación sobre ese tema se agotaba ahí. Enseguida me mostró el celular que uno de sus compañeros de trabajo le había dado: era un celular ínfimo, muy chiquito. Ahora los celulares tienden a ser cada vez más grandes, pero en ese momento lo cool era tener uno microscópico. "El que tenía antes lo perdí", me confió. "Era chiquito como este y se me cayó en un bar sin que me diera cuenta siquiera".
Ya estaba cayendo el sol. Al día siguiente había que laburar y, además, el último tren hacia Pineda de Mar salía bastante temprano para mi gusto. Si lo perdía, ya no tendría cómo volver. Me despedí de todos con una gran sensación de nostalgia. Había sido una tarde tranquila, sin grandes acontecimientos, pero con ese calorcito en el alma que te deja pasar un rato con amigos. Hasta la semana siguiente, otro domingo en que nos volviéramos a encontrar.
Una tarde de esas quise conocer el laberinto de Horta, barrio en el que Laia vivía. Fue muy divertido. Corrimos, sacamos fotos, tomamos mate (Laia a esta altura ya hablaba de "vos" con nosotros), charlamos. De nuevo quise averiguar por qué la novia de Santiago vivía tan lejos de él y si tenían proyectado reunirse en alguno de los dos países. Él siempre esquivaba la cuestión. Era algo tan natural para ellos vivir de esa manera que parecía no requerir ninguna explicación y la conversación sobre ese tema se agotaba ahí. Enseguida me mostró el celular que uno de sus compañeros de trabajo le había dado: era un celular ínfimo, muy chiquito. Ahora los celulares tienden a ser cada vez más grandes, pero en ese momento lo cool era tener uno microscópico. "El que tenía antes lo perdí", me confió. "Era chiquito como este y se me cayó en un bar sin que me diera cuenta siquiera".
Ya estaba cayendo el sol. Al día siguiente había que laburar y, además, el último tren hacia Pineda de Mar salía bastante temprano para mi gusto. Si lo perdía, ya no tendría cómo volver. Me despedí de todos con una gran sensación de nostalgia. Había sido una tarde tranquila, sin grandes acontecimientos, pero con ese calorcito en el alma que te deja pasar un rato con amigos. Hasta la semana siguiente, otro domingo en que nos volviéramos a encontrar.
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